Podemos decidir qué hacer con nuestras emociones cuando surgen

Cada emoción tiene una función, pero quizás nosotros no lo vemos así. Esto va a influir en la regulación emocional, porque el proceso de regulación de las emociones tiene mucho que ver con cómo reaccionamos ante ellas.

No podemos decidir qué sentimos – aunque a veces lo pretendemos – pero sí podemos cambiar lo que hacemos con nuestras emociones cuando surgen. Veamos en más detalle estos temas:

1. Las emociones son nuestros sensores para entender el mundo y a nosotros mismos.

Si las escuchamos, tomaremos mejores decisiones. Para ello hemos de aprender a conectar con nuestras emociones y sensaciones, pararnos en ellas y dejarlas estar ahí. Hemos de recuperar la capacidad de escucharnos a nosotros mismos. Un ejercicio para poder hacer esto es poner un cronómetro que nos marque un minuto de tiempo, y durante ese periodo, simplemente observar nuestro estado emocional y nuestras sensaciones. Generalmente, aunque vivamos en una montaña rusa emocional, no nos paramos con detenimiento a observarnos. Al principio los 60 segundos de los que consta un minuto nos pueden parecer eternos. Puede ocurrir que no notemos nada, y en ese caso, nos ayudará fijarnos en el cuerpo, y ver cómo es de rápida y profunda nuestra respiración, que zona está más tensa y cuál más relajada, dónde notamos más calor y dónde más frío, nuestra postura corporal, etc. En un principio es mejor hacer esto en momentos de relativa calma, donde nuestras sensaciones nos resultaran más manejables. Con el tiempo podremos hacerlo también cuando el malestar sea más intenso.

2. Las emociones nos hablan de una necesidad y de la acción necesaria para obtenerla.

Las emociones no son simplemente un proceso pasivo de percibir lo que significan para nosotros las cosas, sino que implican una acción. La rabia nos impulsa a pelear, la tristeza a buscar consuelo, la culpa a mejorar nuestro funcionamiento. Si nos quedamos bloqueados en la emoción, pero no nos ayudamos a movernos en busca de lo que necesitamos, es posible que la emoción se nos quede dentro, diciéndonos a gritos que hay necesidades insatisfechas, mientras nosotros tratamos de anestesiarlas, evitarlas o enterrarlas. Es importante que al menos nos demos cuenta de lo que nuestras emociones nos piden y de que es lo que nos ayudaría a proporcionárnoslo. Podemos caer en la cuenta de curiosas paradojas, como por ejemplo que sentimos una profunda soledad pero que, en lugar de buscar compañía – que sería lo que esa emoción nos pide – tendemos a aislarnos de los demás, haciendo nuestra sensación de fondo aún más intensa.

3. Las emociones fluyen.

Podemos contenerlas temporalmente, pero no de modo permanente. El control emocional es literalmente pan para hoy y hambre para mañana. Muchas personas, sintiéndose incapaces de manejar sus emociones, gastan gran cantidad de energía en mantenerlas bajo control. Este sistema tarde o temprano claudicará, por ejemplo, cuando ocurre algo que desborda nuestra capacidad de contención, se juntan varias circunstancias, o se van acumulando una tras otra a lo largo de los años. El control como mecanismo psicológico tiene el problema de que cuando ocurren cosas que se salen de nuestro control – y en la vida siempre se producen este tipo de situaciones – si este es nuestro único sistema, nos quedamos sin ningún recurso. Recuperar un funcionamiento emocional en el que dejamos que fluyan nuestras emociones y nosotros las modulamos y regulamos puede llevarnos tiempo, pero es muy importante.

4. Las emociones se mezclan

Cuando sentimos rechazo o tratamos de controlar, podemos bloquear este proceso. A veces, podemos notar una emoción de modo muy claro, y cambiar luego a otra emoción, por ejemplo pasar de que alguien nos de pena a odiarlo, de la tristeza a la rabia. Si las dejamos sueltas, las emociones funcionan como los colores para un pintor. Cuando se ponen en el lienzo, se van combinando hasta dibujar un paisaje. Este paisaje representará nuestro estado interno ante una situación, nos dirá lo que significa para nosotros. Podemos manejar el pincel, pero no decidir que colores habrá en el cuadro, porque eso dependerá de los colores reales de la situación (el día es luminoso, la noche es oscura) y de la paleta de la que disponemos. Cuando las emociones se mezclan, funcionamos mejor. Por ejemplo, podremos enfadarnos (rabia) con alguien a quien queremos (cariño). Y mientras explicamos a esta persona lo que nos molesta, no nos olvidamos de que hablamos con alguien a quien apreciamos, de modo que escogemos bien las palabras para no herirle. O podremos sentir tristeza y a la vez apoyarnos en alguien cercano. No hay mejor cura para la tristeza que un abrazo, el afecto puede ayudar a diluir el dolor. Muchas personas que han sufrido traumas interpersonales tienen enormes dificultades para cualquiera de estas cosas. Nunca se enfadan con la gente a la que quieren, y acaban permitiendo situaciones negativas demasiado tiempo, lo que complica mucho las relaciones. Con frecuencia también les cuesta compartir la tristeza, pedir ayuda y recibir consuelo. Dando por sentado que todas las relaciones serán como las que sufrieron previamente, se privan de recursos importantes para regular sus emociones.

5. Lo importante no es lo que siento, si no lo que me digo sobre ello, y lo que hago.

Lo que nos decimos por dentro actúa modulando el volumen y ajustando la respuesta emocional, como si manejáramos los mandos de una radio. Podemos funcionar como una caja de resonancia que multiplique por mil nuestras emociones, o amortiguarlas haciéndolas más manejables. Por ejemplo, una palabra que suele hacer que nuestras emociones aumenten es decirnos “no soporto sentir esto”. Probemos con cualquier sensación que estemos notando, y mientras la observamos, repitámonos sin parar “no lo soporto”. Veremos cómo la sensación se incrementa y se vuelve intolerable.

Es como si tratamos de subir 50 peldaños de una escalera diciéndonos todo el tiempo “que cansancio, no lo soporto, que alta está, nunca llegaré arriba … “ La escalera se convertirá en una tortura. Si en cambio, dirijo mi mente a lo que habrá arriba, y aparto mi atención de la dificultad de la subida, será cansado, pero mucho más llevadero. T omar conciencia sobre nuestro diálogo interior e introducir cambios en él es una herramienta de regulación emocional muy potente.

6. He de darme permiso para sentir.

A veces censuro mis respuestas emocionales por distintos motivos. Si he crecido con una persona con muy mal genio, puedo tratar de ser diferente, y no permitirme nunca sentir o expresar rabia. Esto lleva a dos situaciones problemáticas. Puedo acumular el enfado, y de vez en cuando explotar con una rabia que, al no haber aprendido a manejarla, sale descontrolada, con lo que es más probable que tienda a reproducir el modelo que más rechazo. Otra posibilidad es que me trague esa rabia y que se vuelva contra mí, y acabe diciéndome a mí mismo cosas muy similares a lo que aquella persona me decía. Como todas las emociones tienen sentido y aparecen cuando toca, la única alternativa real es permitirme experimentarlas, y aprender a hacerlas mías, a sentirlas y expresarlas a mi modo, y no según modelos viejos que no me gustan.

Esto no ocurre solo con la rabia, por supuesto. Puedo no darme permiso para estar triste porque, habiendo salido adelante tras una dura pelea, creo que si me pongo triste seré débil, y perderé esa fuerza interna que me mantuvo en pie. También puedo pensar que ser débil es peligroso, porque si cuando era más pequeño y vulnerable me hicieron daño, mi mente iguala ser débil a que vuelvan a herirme. Muchas personas que han sufrido en una relación no se permiten sentir afecto de nuevo para no volver a sufrir, o no se ilusionan para no decepcionarse. Si intento decidir por real decreto qué puedo y qué no puedo sentir, no va a funcionar. Nuestro sistema nervioso está diseñado de un modo determinado, y no podemos imponerle un funcionamiento distinto, hemos de jugar con sus reglas. De otro modo, nuestro organismo se rebelará frente a nuestra “dictadura emocional”.

7. Las emociones no compiten ni se pelean

Cuando esto ocurre, el sistema de procesamiento emocional se bloquea. Decíamos antes que las emociones se mezclan, pero esto no implica que entren en contradicción. Puedo sentir cosas contradictorias, porque el mundo es contradictorio, y esa mezcla emocional me ayuda a darme cuenta de los matices de la situación. El problema viene cuando, por ejemplo, me enfado por estar triste. La rabia bloqueará la tristeza, que no podrá fluir, y no podrá marcharse. Da igual cuanto pueda llorar, no será un llanto liberador, no sentiré alivio sino sufrimiento. Otro ejemplo es asustarme de estar triste, porque en el pasado estuve muy deprimido y me da miedo volver a encontrarme así, o porque crecí con una persona depresiva, y eso le da a mi tristeza una resonancia mayor. En cualquier caso, el miedo bloqueará el procesamiento de la tristeza, y la tristeza se me quedará dentro. Cada vez que asome, cerraré la puerta o miraré para otro lado. Lo que no salga por la puerta, lo que no llegue a la conciencia, lo que no deje suelto, vivirá conmigo para siempre. De ese modo, el pasado seguirá en el presente, condicionando mis decisiones y llevando a que, paradójicamente, se sigan repitiendo las cosas que menos me han gustado de mi historia.

Referencias

Basado en el libro «No soy yo, entendiendo el trauma complejo, el apego y la disociación: una guía para pacientes y profesionales» de Anabel González.

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